Con su cara redonda como la luna llena, pero morena como la noche clara se afana frente al fogón para acomodar la leña. Ahí están las primeras cuatro rajas de madera en posición horizontal y esperando la señal para luchar contra el fuego.

Nada, absolutamente nada puede empezar sin la oración de agradecimiento a Dios, la cruz dibujada desde su frente con un movimiento práctico y la apuesta por un día de buenos resultados. Tres mesas, varios asientos de plásticos, una banca de madera, un refrigerador y una mantenedora son la fiel compañía cuando inicia la jornada en el mercado Camoapa.

De lunes a sábado su trabajo comienza a la cinco de la mañana y el domingo debe hacerlo más temprano propiamente a las cuatro de la porque según ella es el mejor día. Tiene 62 años de edad, 30 de trabajar en el mercado y toda una vida de entrega a favor de su familia.

Según su acta de nacimiento vino a este mundo el 21 de abril de 1950 para ser la mayor de siete hermanas y tres hermanos. Anita le dice la gente, pero su nombre es Ana Nidia Carmona Masís, baja de estatura, morena y de buen carácter.

Su lucha por la vida comenzó cuando era muy pequeña y vio la necesidad de abandonar sus estudios, apenas terminó el cuarto grado de primaria cuando se estudiaba en doble turno. – Si iba en la mañana, me perdía la tarde – cuenta doña Anita mientras suspira y su mente navega por el baúl de los recuerdos.

“Éramos pobres y tenía que ayudar a mi mamá cuando salía a lavar y planchar a la gente de reales en Camoapa”, dice Anita orgullosa de su esfuerzo. Ella fue el brazo derecho de su madre en la crianza de sus hermanas y hermanos, aprendió el valor del trabajo, aunque lamenta su desdicha en el amor.

Anita no siguió los pasos de su madre pues solo tuvo tres hijas y dos hijos, comenta sonriente mientras escoge los mejores granos de frijol sobre una mesa de su negocio. “Ahora tengo 11 nietos y dos bisnietos”, agrega y guarda silencio por unos instantes.

- ¿Fue dichosa en el amor?

- ¡Que va siempre me fue mal!, señala doña Anita

- Pero ahora vivo feliz porque he encontrado el verdadero amor en mi señor, reflexiona evocando su entrega espiritual a los trabajos con la iglesia. Las frases de agradecimiento a Dios están a flor de labios durante la conversación.

Antes del terremoto de 1972 dio sus primeros sazones en el restaurante Hong Kong, ese que estaba ubicado en el bullicio del viejo mercado Central. La comida china le ayudó a descubrir su arte culinario esa habilidad en la cocina que, según sus propias palabras, tuvo que aprender sola.

Los aromas en el negocioso se confunden entre sí, en medio de los pregones que anuncian frutas, verduras, granos y otros productos en los tramos vecinos. – Me saludan en la radio – dijo un comerciante en un puesto de verduras, sentado en una butaca y detrás de varios canastos llenos de productos.

Seis cuadras separan su casa del mercado municipal, son calles onduladas por la falta de mantenimiento, enchapadas con adoquines apretados y muchas veces adornadas por la basura que bota la gente. La acera de la radio es parte de ese recorrido que repite después de la seis de la tarde.

Una estructura vieja guarda los rastros del tiempo en un mercado concebido para un pueblo pequeño. Es el corazón del comercio local, donde convergen diariamente las personas a negociar los mejores precios y los productos de calidad.

Cualquier negocio puede encontrarse, granos, frutas, verduras, carnes, ropa, calzado, bisuterías y por supuesto, los comedores donde Anita tiene su propio tramo. Es un laberinto de oferta y compras de voces y aromas, de colores y texturas de una competencia feroz por atrapar a la clientela.

Anita llega siempre temprano y usa la entrada que le permite caminar directamente hasta su negocio. El techo es de zinc y eso agrega unos grados de calor al espacio donde se sirven sustanciosas sopas de res y sabrosas comidas secas.

“Prefiero el fuego de leña porque así puedo mantener calientita la comida”, dice Anita mientas ayuda a servir una tasa de sopa. El desfile de rajas de leña es evidente – casi 50 por día – asegura con asombro multiplicando por tres córdobas su inversión diaria en la fuente de calor.

El humo parece no afectarle aunque se queja de un malestar que ella misma diagnostica como neuralgia. “Aunque sea de arrastra voy a venir a trabajar”, replica en un tono fortalecido.

Una de esas mesas puede testificar que doña Anita le ha servido comida a grandes personajes, como el excandidato a la vicepresidencia y productor Juan Manuel Caldera. Gente de todo calibre, del campo y la ciudad, locales y visitante han probado la buena cuchara de la mujer que sigue siendo madre en la generación de nietos y bisnietos.

- ¿Está satisfecha con la vida?

- ¡Claro que sí! Responde sin titubeos acudiendo a los recursos espirituales que guarda en su interior. El timbre de su voz genera confianza y parece que en verdad Anita ve una labor cumplida en el cuidado de su familia con el esfuerzo de su trabajo.

-  Aquí venía don Juan a beber su sopita. Recuerda con alegría a Juan

Manuel Duarte Marín, otro personaje de Camoapa fallecido el año pasado.

-  Cuando la enfermedad llega lo ataca de una sola vez, dice Anita Carmona con esa sabiduría ganada a través de los años.

El comedor “anis pray” era la frase de Juan Manuel Duarte Marín cuando aseguraba que ya había comido en el negocio de doña Anita Carmona.

- Una vez me dí un gran sopapo – contaba Juan Manuel de sus travesías por los tortuosos andenes del mercado. El dijo que fue una cáscara de banano tirada en el piso la que provocó su desplome al suelo y las raspaduras en el brazo izquierdo.

- Ahí me levantaron, agregaba en su comentario ese personaje octogenario que formaba parte de la clientela selecta de doña Anita.

Este día no será la excepción porque, al igual que ayer, doña Anita se levantó temprano y desde su comedor escucha en la radio, uno tras otro, los especiales de 15 minutos dedicados a las madres nicaragüenses. Su regalo ya está listo por ser una madre abnegada y autora del más grande poema en cinco vidas salidas de su vientre.

Anita disfruta como propio el éxito alcanzado por varios de sus hijos que han logrado coronar carreras profesionales, ese podría ser el más grande regalo para una madre en este día, el premio de sus hijos al esfuerzo realizado.